Comienzo esta bitácora a sabiendas de que quizás nunca llegue a cumplir un propósito útil. Si esta fuera una señal extraterrestre, sería una onda perdida, ignorante de su propia frecuencia, vagando ondulante en un vasto amasijo de vacío. No obstante, el objetivo es franco: contarme, contarnos, hilvanarme en los entresijos del tráfico etéreo de las ventanas de luz.
Comenzaré por Sandro. Sandro es músico. Sandtro toca su guitarra Fender desde la adolescencia, musita música cuando duerme, sueña con todas las mujeres del mundo, pero es fiel a su compañera, la que lo acompañe, una a una, por pares de piernas bellas.
Conozco a Sandro de muchos años y sé, bien sé, que es vago, atormentado, depresivo y dulce. El caso es que es dulce, punto. Y yo me he enamorado de su dulzura varias veces, en distintos tiempos, con distintos ejes. Pero Sandro no es mío y hace tiempo que ya no lo amo, que quede claro. Sandro es de un par de piernas más ingenuo, menos impaciente, más jóven.
El caso es que estoy decidida a volver a verlo y volver a hacer el amor con él. Lo más sencillo sería buscarlo, emborracharlo, drogarlo si hace falta, y llevármelo conmigo una noche o dos. Pero no quiero eso, yo quiero estar enamorada y que él esté enamorado de mí cuando pase. Enamorarse es fácil a los quince e insoportable a los treinta y cinco.
Cómo enamorar a Sandro es menos difícil que conseguir volver a enamorarme de él. ¿Por qué quiero enamorarme de él otra vez? No me mal entiendan. No quiero vivir un romance, mucho menos pasar el resto de mi vida con él. Lo único que quiero es hacer el amor con él un par de días enteros. Quiero despertar con él una mañana y dormir con el un par de noches. Quiero revisar todos los sitios de su piel que dejé pasar de largo y meter mi lengua. Quiero que él tome lo que le plazca de mí y que su deleite sea basto. Quiero que dos días basten para no querer "el resto de nuestras vidas juntos".
Soy coleccionista, y he decidido comenzar por Sandro.
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