Esta mañana desperté junto a Él. Él es mi marido. Mi marido dice que me ama y se dedica con empeño a demostrármelo. Durante cinco años, cada mañana, aún dormido a medias, acerca su cuerpo a mí con un reflejo casi mamario, busca mi seno, pega su pélvis a mis nalgas y se disipa el sueño en un semidespertar caliente de mi cuerpo. Yo lo amo con el ciclo de las hormonas, lo deseo intermitentemente, lo quiero, lo admiro, pero no es el hombre de mis sueños, si no el hombre del que me enamoré lo suficiente como para perder la cabeza y acceder al matrimonio.
Mi abuelo siempre dice que yo no nací para el matrimonio, ni para ser madre, "ni para ninguna de esas mamadas". Pobre abuelo: misógino y perdido por su nieta. Supongo que para él no tengo identidad sexual, sólo soy su silly Sally. Mi abuelo me puso Sally por mi pelo rubio, dice. "Eras como Sally Brown siguiendo un pajarillo", eso hace más de treina años y con eso le jodió el nombre de pila a mi madre.
El punto es que Él, últimamente, me es más indiferente que de costumbre, a veces incluso me molesta su existencia y me dedico a enumerar los detalles que nos crispan, a mi Gata ga-ga y a mí. Gata ga-ga odia cuando, repentínamente y de la nada, le coge la cola para acariciársela; qué hombre cabal acaricia así a una gata. Gata ga-ga se asusta cada vez que le explota un estornudo en los oídos y toda la casa queda teñida de polvo de saliva. Gata ga-ga aborrece cada vez que la aparta de mi lado para sentarse en su lugar y jugar a morderme las orejas. Gata ga-ga sospecha que Él es la reencarnación de un perro, por eso, tal vez, el otro día entró al armario a orinar sobre sus zapatos. Ahora a Él le apestan los pies a fango de cementerio. Nos hemos vuelto, en consecuencia, seguidores de la costumbre oriental (o noreuropea) de sacarnos los zapatos en el quicio de la puerta. Los de Él se quedan fuera, naturalmente.
Él, Él, Él... pero lo que más odio de él, es que no se dé cuenta de mí. Que ignore bajo su ceño poblado de cejas pardas que soy Sally, la que dijo mi abuelo, y que no soy buena para esas mamadas de las señoras de sociedad. No me gusta Aspen, ni me interesa esquiar como "una ganadora"; no disfruto una carrera fórmula uno, me mareo en los yates y me da absoluta pereza tener que desplazarme hasta Las Vegas para embriagarme con martinis servidos al borde de un canal veneciano con techo de cartón. A veces pienso que mi vida a lado de él es como vivir en el casino París, pensando que el "cielo" de "París" tiene una hastianemente regular y eterna sensación de meancolía.
Creo que me volveré ludópata, por el bien de mi matrimonio.
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